Hoy quiero tomar partido por Noelia

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Hoy quiero tomar partido por Noelia.

 

Hoy, más que nunca, me niego a mirar hacia otro lado. Me niego a dejar pasar este crimen como se deja pasar la lluvia sobre los tejados, como si nada tuviera que ver conmigo, como si los gritos del inocente fueran un rumor lejano que no mereciera interrumpir la comodidad de nuestra mesa. No quiero convertirme en uno de esos hombres tibios que aprenden a convivir con el horror a fuerza de verlo repetido, ni en uno de esos ciudadanos de una civilización enferma que escuchan, al otro lado del muro, los golpes del tambor que ahogan el llanto de los niños entregados al fuego de los ídolos.

Durante años hemos permitido que la cultura de la muerte se abra camino entre nosotros con paso manso, vestida de lenguaje limpio, de compasión administrativa, de progreso, de modernidad, de futuro. Pero no. La muerte no es progreso. La muerte no es un avance. La muerte no es civilización. La muerte, cuando se ofrece como solución a los heridos, a los quebrados, a los abandonados, no es otra cosa que la derrota moral de un pueblo. Es el fracaso de una nación que, habiendo dejado solos a los más vulnerables, decide después administrarles una salida silenciosa para no escuchar el peso de su propia culpa.

Y yo me opongo al mal.

Me opongo con toda la gravedad de mi conciencia, con toda la claridad que aún me queda, con toda la fuerza que un hombre puede reunir cuando comprende que callar, en ciertas horas, equivale a colaborar. Y deseo que, si lees estas líneas, despiertes conmigo. Deseo que algo en tu interior se sacuda, que la costra de costumbre se resquebraje, que la conciencia, tantas veces narcotizada por el ruido del mundo, vuelva a levantarse como una lámpara en mitad de la noche.

Hoy, 26 de marzo de 2026, si nada lo impide, en España se consumará la muerte de una joven de veinticinco años. Y sí, yo digo joven, e incluso digo niña, porque hay edades del alma en las que el dolor no envejece a una persona, sino que la deja aún más desarmada ante la crueldad del mundo. Para mí, una criatura de veinticinco años, rota por la violencia y por el abandono, sigue siendo una hija de su pueblo. Sigue siendo alguien a quien había que proteger, levantar, cuidar, defender. No llevar al borde del abismo con lenguaje técnico y firma oficial.

Lo que hay detrás de este caso no es solamente una tragedia individual. Es el retrato moral de un sistema. Una muchacha herida, quebrada por una cadena de hechos atroces, abandonada por quienes debían custodiarla, asistida tarde o mal, arrojada a una depresión devastadora, y finalmente conducida hacia la muerte bajo el nombre burocrático de la eutanasia. Ésa es la palabra con la que el Estado pretende cubrir lo que, para muchos de nosotros, no es más que una rendición sin honor y un fracaso sin excusa.

Porque ésa es la cuestión esencial: cuando una sociedad no rescata al caído, no puede presentarse luego como misericordiosa por facilitarle la muerte. Cuando un poder público falla en el amparo, en la reparación, en la asistencia, en el consuelo y en la defensa del vulnerable, pierde toda autoridad moral para ofrecerle la tumba como respuesta final. No hay compasión verdadera en quien primero abandona y después certifica. No hay humanidad en quien no supo sostener la vida y luego se reviste de solemnidad para ponerle término.

Ésta es, a mi juicio, la gran mentira de nuestro tiempo: llamar dignidad a la renuncia, llamar libertad a la desesperación, llamar piedad a la administración de la muerte. Nos han enseñado a aceptar ese lenguaje como si fuera una conquista moral. Nos han acostumbrado a oír palabras pulidas donde antes reconocíamos el temblor del mal. Han cambiado los altares, pero no los sacrificios. Han cambiado los nombres, pero no la lógica. El inocente sigue siendo entregado; sólo que ahora el fuego no arde en la plaza, sino bajo la luz blanca de los protocolos, de las resoluciones, de las autorizaciones y de las firmas.

Y mientras todo eso ocurre, se extiende alrededor un silencio viscoso, un silencio de funcionarios, de tertulias prudentes, de conciencias agotadas, de almas que prefieren no mirar demasiado de cerca para no verse obligadas a juzgar. Porque juzgar obliga. Juzgar compromete. Juzgar exige ponerse en pie cuando el mundo entero invita a sentarse. Y, sin embargo, hay horas en las que un hombre debe juzgar. No por soberbia, sino por deber. No por odio, sino por fidelidad a la verdad.

Vivimos en una época que ha querido reemplazar el derecho natural por el puro artificio legal; la ley escrita por la ley justa; la conveniencia por la verdad; el contrato por la conciencia; el procedimiento por el bien. Ésa es la herida profunda de Occidente. No sólo haber pecado, porque toda civilización peca, sino haber levantado un sistema intelectual entero para dejar de llamar pecado al mal. Hemos querido convencernos de que basta con redactar una norma para purificar una acción, como si la tinta tuviera poder para absolver lo que la conciencia sabe manchado.

Pero no todo lo legal es justo. No toda decisión refrendada por una estructura estatal es moral. No toda práctica admitida por una sociedad merece obediencia interior. Existe una ley más antigua que los parlamentos, más alta que los boletines oficiales, más firme que las modas ideológicas. Es la ley inscrita en la naturaleza humana, la que reconoce que la vida no es mercancía, que el inocente no puede ser descartado, que el débil debe ser protegido y que la verdad no se negocia al ritmo de las mayorías.

A esa ley me aferro.

No al grito histérico, no al eslogan vacío, no al capricho sentimental, sino a la convicción antigua, severa y luminosa de que hay cosas que están bien y cosas que están mal; de que no todo es relativo; de que no todo admite matices infinitos; de que hay momentos en los que el gris no es prudencia, sino cobardía disfrazada. Y éste es uno de esos momentos.

Sé que escribir así incomoda. Sé que alzar la voz tiene precio. Sé que algunos preferirían que uno siguiera hablando de asuntos inofensivos, de ficciones, de obras, de literatura, de cualquier cosa que no altere la digestión moral de esta época. Sé también que algunos lectores podrían apartarse. Que podrían sentirse molestos, ofendidos, contrariados. Pues bien: que así sea. No escribo estas palabras para halagar conciencias dormidas ni para conservar el favor de quienes han decidido llamar bien al mal. No quiero el aplauso de quien bendice esta deriva. No necesito el acompañamiento de quien contempla estas cosas sin estremecerse.

Hay horas en las que perder seguidores es menos grave que perder el alma.

Y ésta, para mí, es una de esas horas.

No me pongo de perfil. No quiero hacerlo. Sería fácil. Bastaría con callar, con mirar al suelo, con esperar a que todo pase, con refugiarme en la prudencia de salón que hoy se premia tanto. Bastaría con decirse que no vale la pena, que nada cambiará, que uno no debe significarse, que conviene no ofender. Pero el mal siempre ha prosperado gracias a esa clase de cobardía doméstica, a ese repliegue del hombre común que decide que su paz vale más que la verdad.

Yo no quiero esa paz.

Quiero la paz que nace de haber dicho lo que debía decirse. Quiero la paz áspera y limpia de quien no se traiciona. Quiero la paz de una conciencia que, al final del camino, pueda responder que no aplaudió, que no se escondió, que no aceptó llamar misericordia a lo que en el fondo reconocía como una forma refinada de desesperación institucional.

Porque al final todo desemboca ahí: en la conciencia. No en el titular, no en la consigna, no en la ingeniería moral de los partidos, no en los intereses de quienes legislan de espaldas a la ley eterna. En la conciencia. En ese lugar donde cada hombre comparece solo, sin escudos, sin propaganda, sin excusas prestadas. Y allí, en ese tribunal silencioso, no valdrán los eufemismos. Allí cada uno sabrá si defendió la vida o si se habituó a la administración de la muerte. Allí cada uno sabrá de qué lado estuvo cuando le llegó la hora de elegir.

Por eso escribo hoy estas líneas.

No por cálculo. No por pose. No por rabia pasajera. Las escribo porque creo que una nación se mide, sobre todo, en la forma en que trata a los heridos, a los inocentes, a los que ya no tienen fuerzas para defenderse. Y una nación que abandona a una joven rota y termina ofreciendo como respuesta su eliminación, por muy revestida que esté de legalidad, de tecnicismo o de sentimentalismo ideológico, es una nación que debería temblar de vergüenza.

España, mi patria, debería temblar hoy de vergüenza.

No de una vergüenza superficial, de esas que duran lo que dura una polémica en redes, sino de una vergüenza grave, histórica, casi sagrada. La vergüenza de haberse alejado tanto de la verdad que ya no distingue entre cuidar y descartar, entre compadecer y ejecutar, entre proteger y administrar la salida del que sufre. La vergüenza de una civilización cansada de sostener a los débiles y demasiado rápida para ofrecerles la puerta final.

Aun así, no escribo desde la desesperación absoluta. Escribo también desde una esperanza severa. No una esperanza blanda, ingenua o sentimental, sino la esperanza de que todavía queden hombres y mujeres capaces de recordar. Capaces de mirar este tiempo y decir: no. Capaces de negarse a obedecer interiormente a lo que saben injusto. Capaces de rescatar del fango la idea misma de verdad. Capaces de comprender que la compasión no consiste en acelerar la muerte del que sufre, sino en multiplicar el amor, la ayuda, la compañía, el sentido y la presencia a su alrededor.

Ésa es la tarea.

No construir una sociedad que mate con delicadeza, sino una sociedad que cuide con sacrificio. No perfeccionar los mecanismos de la renuncia, sino restaurar los deberes del amparo. No adorar el ídolo de la autonomía absoluta, sino recordar que el ser humano es un misterio digno, no un producto disponible, no una carga prescindible, no un problema a gestionar.

Hoy quiero tomar partido.

Lo tomo del lado de la vida. Del lado de la verdad. Del lado de Dios. Lo tomo del lado de quienes creen que la justicia no puede separarse de la ley moral, y de quienes entienden que una civilización sólo se mantiene en pie mientras conserva el santo temor de cruzar ciertas líneas. Lo tomo del lado de la conciencia despierta y contra la anestesia del espíritu.

No hay aquí neutralidad posible.

No en un asunto como éste.

No cuando el vulnerable queda solo.

No cuando el lenguaje se usa para encubrir lo que la conciencia reconoce.

No cuando la muerte se presenta como solución y la verdad es empujada al rincón para que no incomode.

Por eso te lo digo a ti, que me lees: despierta. Despierta antes de que el hábito te vuelva ciego. Despierta antes de que el ruido del mundo te robe el juicio. Despierta antes de que te acostumbres a llamar compasión a lo que nace de una civilización exhausta y moralmente quebrada. Despierta, porque la conciencia no llama eternamente. Llama unas pocas veces, y cada vez que la desoímos se apaga un poco más la lámpara interior.

Y al final, todos, absolutamente todos, tendremos que rendir cuentas.

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