![]()
Nos acercamos a una hora sombría. No a una de esas crisis pasajeras que llenan tertulias, inflaman titulares y se desvanecen con el siguiente escándalo, sino a una de esas estaciones oscuras de la historia en las que el hombre vuelve a descubrir, demasiado tarde, que sigue siendo el mismo animal temeroso, soberbio y cruel de siempre, aunque vista trajes modernos, levante parlamentos de cristal y maneje máquinas capaces de arrasar continentes. Seguimos teniendo pasiones primitivas, instituciones fatigadas y armas de juicio final. Todo junto. Todo a la vez. Todo en manos de una clase política cada vez más pequeña en virtud, más pobre en grandeza y más abundante en miseria moral.
Ese es el verdadero drama de nuestro tiempo. No solo que haya guerras, corrupción, decadencia o mentira. Todo eso ha existido siempre. Lo verdaderamente grave es que el mundo entra en una fase de peligro extremo dirigido por dirigentes mediocres; por administradores del corto plazo; por burócratas sin patria, sin temple y sin honor; por profesionales del poder que no creen en nada salvo en su propia supervivencia. Son hombres y mujeres sin altura para el momento histórico que les ha tocado vivir. Y cuando los tiempos se vuelven recios, cuando el horizonte se ennegrece y la historia empieza a exigir firmeza, claridad y sacrificio, los pueblos descubren con espanto que están regidos por los peores.
Europa es hoy, quizá, el ejemplo más triste de esta decadencia. Fue cuna de reinos, de universidades, de catedrales, de derecho, de filosofía, de espada y de cruz. Fue el solar de una civilización que, con todos sus pecados y contradicciones, supo levantar una idea del hombre, del orden y de la trascendencia que dio forma al mundo durante siglos. Hoy, en cambio, aparece ante los ojos de cualquiera que no esté cegado por la propaganda como un cuerpo agotado, administrado por élites burocráticas que hablan sin cesar de valores mientras vacían de sustancia todo aquello que dicen defender. La Europa oficial no cree ya en sus raíces, desconfía de su propia memoria, reniega de los principios que la fundaron y se entrega con docilidad a intereses que no son los de sus pueblos.
Se dirá que estas palabras son exageradas. Que Europa sigue siendo rica, cómoda, desarrollada, segura en comparación con otras regiones del mundo. Y, sin embargo, bajo la superficie del bienestar tardío se percibe algo enfermo: una mezcla de cobardía, de artificio moral y de impotencia política. Una civilización que ha dejado de querer ser lo que era termina convertida en un mercado; y un mercado que ya no produce hombres libres ni familias fuertes, sino consumidores temerosos y ciudadanos infantilizados, acaba siendo presa fácil de cualquier poder extranjero, de cualquier chantaje energético, de cualquier agenda ideológica, de cualquier crisis fabricada o aprovechada desde fuera.
España, por desgracia, no ha quedado al margen de esa degradación: la ha padecido con una intensidad dolorosa. Nuestro país lleva años siendo gobernado por una amalgama de intereses partidistas, facciones enemistadas entre sí y coaliciones sin alma, unidas no por un proyecto elevado de nación, sino por la voluntad de conservar el poder a cualquier precio. La corrupción, el escándalo, el cálculo, la mentira y el deterioro institucional se han convertido en paisaje cotidiano. Ya casi no sorprende nada. Lo cual es aún peor. Porque cuando un pueblo se acostumbra a la podredumbre, comienza a pudrirse con ella.
Y mientras la clase dirigente se aferra al cargo, España arrastra una fatiga profunda. Han sido años de golpes encadenados, de pruebas que se han ido acumulando sobre el cuerpo moral de la nación: pandemia, desastre, incertidumbre económica, fractura territorial, degradación del debate público, crisis de autoridad, sensación de inseguridad creciente, desprecio a quien emprende, castigo fiscal a quien produce, abandono de quien cumple la ley y blando garantismo para quien la quebranta. Todo ello ha ido dejando una huella. No solo en los bolsillos, sino en el ánimo nacional. Se ha querido convencer al español de que su pasado es una vergüenza, de que su identidad es sospechosa, de que sus tradiciones son un lastre, de que su fe debe permanecer callada, de que su bandera molesta, de que su historia es culpable y de que su continuidad como pueblo debe disolverse en una niebla administrativa, multicultural y obediente a consignas ajenas.
Pero un pueblo al que se le roba la memoria termina por perder también el instinto de conservación. Ese es el peligro. No solo la mala ley, la mala política o la mala economía, sino la demolición interior. Porque una nación puede sobrevivir a la pobreza, incluso a una derrota, pero sobrevive mal al odio de sus propias élites y muy mal al desprecio sistemático de sí misma.
En medio de esta debilidad comparece, además, el espectáculo siniestro del panorama internacional. El mundo vuelve a oler a pólvora, a petróleo, a hierro recalentado y a mentira diplomática. Las grandes potencias se vigilan, se prueban, se amenazan y se miden, mientras los pueblos son preparados, una vez más, para pagar la factura. Al norte de Europa, la guerra de Ucrania ha sido presentada durante años bajo fórmulas tan simplificadas que ofenden a la inteligencia. Se nos ha querido imponer una lectura infantil de buenos absolutos contra malos absolutos, como si la historia fuese un panfleto moral. Pero los conflictos reales no nacen en un día ni se explican con una consigna. En esa guerra hay agresión, sí; hay ambición, sí; hay culpa, sí; pero también hay décadas de provocaciones, de expansionismo estratégico, de incumplimientos, de juegos de poder y de desprecio irresponsable hacia equilibrios que, por precarios que fueran, sostenían una paz relativa.
Europa aceptó mansamente ese deterioro. Lo aceptó cuando permitió que su soberanía energética quedara atada a decisiones ajenas. Lo aceptó cuando prefirió obedecer antes que pensar. Lo aceptó cuando convirtió la prudencia en debilidad y la alianza en subordinación. El resultado lo hemos visto con crudeza: energía cara, dependencia, empobrecimiento industrial y una creciente sensación de que las grandes decisiones sobre el destino del continente no se toman realmente en las capitales europeas, sino en otros centros de poder. Alemania, antaño columna vertebral del vigor productivo europeo, ha ofrecido en estos años una imagen casi trágica de renuncia. Y cuando Alemania cae, toda Europa vacila.
Al otro lado del tablero, en Hispanoamérica, el drama no ha sido menor. Venezuela es el ejemplo lacerante de una nación devastada no solo por la tiranía y la corrupción, sino por la indiferencia calculada de quienes solo la miran cuando su subsuelo vuelve a ser útil. Durante años, millones de venezolanos padecieron hambre, exilio, miedo, tortura y humillación mientras el mundo administraba comunicados, hipocresías y equilibrios cómodos. No se actuó por compasión ni por justicia. Y ahora, cuando el petróleo recobra centralidad por el desorden en Oriente Medio, vuelven las urgencias, las maniobras, los cálculos, las prisas. No porque se haya descubierto de pronto la tragedia venezolana, sino porque la geoestrategia no conoce piedad y rara vez se mueve por amor a la libertad ajena.
Y en Oriente, Persia vuelve a aparecer en el horizonte de la guerra. Irán no es un actor inocente. Su régimen es opresivo, teocrático, severo con su propio pueblo y desestabilizador en su región. Decir esto no cuesta nada a quien quiera ser honrado. Pero otra cosa distinta es aceptar sin más el relato de que cualquier devastación sobre esa vieja nación sería legítima porque así lo desea el poder de turno. Persia no es una pieza reciente ni una construcción artificial de laboratorio. Es una civilización antigua, orgullosa, atravesada por siglos de memoria, humillaciones, resurgimientos y resistencia. Los herederos de Ciro no nacieron ayer ni deben ser contemplados como un simple obstáculo prescindible en el tablero del imperio de moda.
Y, sin embargo, esa es la lógica que vuelve. La lógica de la amenaza desnuda. La lógica del castigo ejemplar. La lógica según la cual el poder que se sabe superior en armas se considera también superior en derecho. Como si bombardear fuera un argumento. Como si la fuerza concediera razón. Como si la historia de los pueblos milenarios pudiera reescribirse desde la arrogancia de potencias que apenas cuentan con dos siglos de vida política coherente. He ahí otra de las enfermedades del tiempo presente: la soberbia de los imperios jóvenes, convencidos de que la novedad tecnológica equivale a superioridad moral.
En este contexto, las declaraciones amenazantes de Washington, los tambores de guerra sobre Persia y la cadena de consecuencias que de ahí se derivan deben ser miradas con lucidez. Porque cada nueva escalada internacional trae consigo, tarde o temprano, una nueva reducción de libertades en Occidente. Siempre ocurre del mismo modo. Primero el miedo. Después la excepción. Luego el control. Más vigilancia, más censura, más restricciones, más obediencia exigida en nombre de la seguridad, de la emergencia, de la paz, de la salud o del bien común. El vocabulario cambia; el mecanismo, no. Desde comienzos de siglo, el margen de lo tolerable se ha ido desplazando paso a paso. Y siempre en la misma dirección: menos libertad real para el ciudadano común y más poder efectivo para estructuras que nadie ha elegido de forma directa ni puede controlar de verdad.
En medio de este mundo fatigado, sorprende el contraste con los grandes logros del ingenio humano. Mientras la técnica aún es capaz de mirar al cielo, de volver a la Luna, de desafiar el vacío y recordar al hombre que fue creado para conquistar horizontes y no para arrastrarse en el barro del resentimiento, la política internacional sigue encadenada a impulsos viejísimos: codicia, venganza, miedo, orgullo, dominación. El hombre eleva naves hacia la noche silenciosa del cosmos, pero no ha aprendido a gobernar su propia alma. Ahí reside la tragedia completa de nuestra época: una civilización de prodigios técnicos servida por una clase dirigente de escasa estatura espiritual.
Ante todo esto cabe preguntarse, con toda seriedad: ¿qué tiene que ver la hispanidad con estas guerras, con estas agendas, con este derramamiento de sangre y con esta obediencia general al desorden global? La respuesta inmediata es sencilla: muy poco. Y, sin embargo, la respuesta más dolorosa es otra: tendría que tener mucho, pero hoy apenas tiene ya fuerza para recordarse a sí misma. Porque la hispanidad no fue una mera expansión militar ni una suma de territorios, sino una cosmovisión. Fue una manera de entender al hombre, la ley, la dignidad, la comunidad, la trascendencia y el vínculo entre poder y deber. Fue imperfecta, como todo lo humano; pero poseyó nervio, forma y sentido histórico. Y sobre todo creyó en algo más grande que el comercio, la propaganda o la pura administración del interés.
La tradición hispánica no nació para rendir culto al individuo aislado, ni al Estado devorador, ni al mercado absoluto. Nació de una síntesis mucho más compleja: romanidad, cristianismo, sentido jurídico, conciencia imperial y respeto, al menos en su mejor versión, por la dignidad profunda de la persona y de los pueblos incorporados al orden político. De ahí procede una de las diferencias esenciales entre la vieja hispanidad y otros modelos imperiales modernos. La primera tuvo, en su núcleo más alto, un impulso integrador y civilizador; los otros han tendido con frecuencia a revestir de universalismo un proyecto esencialmente extractivo.
Por eso irrita tanto que se pretenda reducir la historia de España a caricatura, crimen sin matices o vergüenza hereditaria. Irrita porque es falso y porque, además, responde a intereses muy concretos. Un pueblo convencido de que toda su historia es abominable se vuelve dócil. Renuncia a defenderse. Acepta ser reeducado. Agacha la cabeza. Pide perdón por existir. Y al final entrega su futuro a quienes más lo desprecian. La leyenda negra no es solo una disputa académica: ha sido y sigue siendo un arma de demolición psicológica.
Pero tampoco bastará con repetir eslóganes patrióticos o con envolverse en banderas si no se acomete una tarea más honda. Porque la hispanidad, si ha de tener futuro, no puede ser una consigna nostálgica ni una simple reacción sentimental. Debe volver a ser proyecto moral, cultural y político. Debe recuperar lo mejor de su tradición y purificar lo que en ella hubo de error. Debe reconciliarse con la grandeza sin caer en la soberbia; con la fe sin caer en la beatería vacía; con la autoridad sin caer en el abuso; con la libertad sin caer en el desarraigo; con la memoria sin quedar presa del museo. Esa es la empresa. No la mera añoranza de un imperio muerto, sino el renacimiento de una conciencia histórica viva.
Y aquí la cuestión religiosa vuelve a imponerse, porque la hispanidad sin catolicidad es difícilmente inteligible. No hablo de una etiqueta sociológica ni de un barniz ceremonial, sino de la matriz espiritual que dio forma a nuestro mundo. Sin ese aliento, la hispanidad corre el riesgo de convertirse en simple arqueología sentimental o en nacionalismo hueco. Ahora bien, también es cierto que la Iglesia visible, en demasiadas ocasiones, parece haber renunciado a hablar con voz clara allí donde la época exige claridad, consuelo y firmeza. Demasiadas veces el lenguaje sagrado ha sido sustituido por la consigna de moda, por la prudencia burocrática o por una retórica desvaída que no salva, no combate y no ilumina. Y un pueblo que ha recibido tanto de su tradición religiosa no puede dejar de sentir un profundo desgarro cuando ve a sus pastores hablar con precisión sobre lo accesorio y callar ante lo esencial.
De ahí que el momento presente exija algo más que indignación. Exige una reconquista interior. Antes de recuperar instituciones, leyes o fronteras mentales, conviene recuperar el alma. Volver a distinguir entre bien y mal, entre justicia y propaganda, entre autoridad y tiranía, entre misericordia y complicidad, entre hospitalidad y disolución, entre libertad y licencia. Ese trabajo es previo a cualquier resurgir político serio. Ningún pueblo se levanta de verdad si antes no vuelve a creer que merece levantarse.
España ha conocido otras horas negras. Las ha conocido con invasiones, con ruina, con guerra civil, con decadencia dinástica, con traiciones palaciegas, con hambre, con derrotas navales, con aislamiento y con vergüenza. Y, sin embargo, sigue aquí. Eso debería decirnos algo. Hay en la historia española una capacidad extraordinaria para sobrevivir cuando todo parece perdido. Una terquedad profunda. Un nervio último. Un rescoldo. A veces casi enterrado, casi extinguido, casi irreconocible, pero aún vivo. Y ese rescoldo suele reaparecer cuando todo parece cerrado, cuando los poderosos se creen invencibles y cuando los pueblos humildes descubren que ya no les queda más refugio que la fe, la memoria y el coraje.
Covadonga sigue siendo por eso algo más que un episodio remoto. Es un símbolo permanente. Un puñado de hombres acosados, una cueva, el desprecio del enemigo, la aparente insignificancia frente al poder inmenso y, sin embargo, la negativa a aceptar que la historia ha terminado. Eso es lo que convendría recordar hoy. No para jugar a disfraces ni para convertir la tradición en estampita, sino para comprender una verdad esencial: las grandes restauraciones empiezan siempre siendo pequeñas, casi ridículas a los ojos del mundo, casi invisibles. Empiezan en minorías fieles. En hombres y mujeres que se niegan a repetir la mentira oficial. En familias que deciden no rendirse. En conciencias que despiertan. En jóvenes que descubren que les han robado el relato de su propia casa. En ciudadanos que dejan de temer el insulto y vuelven a llamar a las cosas por su nombre.
No, no son tiempos fáciles. Son tiempos aciagos. Tiempos de confusión, de desorden y de vileza. Tiempos en los que demasiados tronos están ocupados por cortesanos del vacío, por gestores de la decadencia y por personajes indignos de las naciones que administran. Pero precisamente por eso conviene no desesperar. La desesperación siempre ha sido el triunfo anticipado del enemigo. Y España, cuando ha sido verdaderamente España, ha sabido sufrir sin arrodillarse del todo. Ha sabido caer sin desaparecer. Ha sabido guardar, bajo siglos de polvo, una reserva de dignidad inesperada.
Tal vez el futuro inmediato sea duro. Tal vez vengan más restricciones, más inestabilidad, más conflictos lejanos convertidos en sacrificios cercanos, más propaganda, más intentos de borrar la memoria y de disciplinar el espíritu. Tal vez aún tengamos que atravesar una noche larga. Pero ninguna noche es eterna si un pueblo conserva un resto de alma. Y yo quiero creer que aún lo conservamos.
Por eso no escribo estas líneas para invitar al odio, sino al despertar. No para alimentar rencores estériles, sino para recordar una obligación. No para añorar servilmente un pasado irrepetible, sino para rescatar de él aquello que todavía puede darnos forma. España no necesita más administradores de su extinción. Necesita volver a reconocerse. Necesita hombres y mujeres que no sientan vergüenza de su civilización, de su memoria, de su lengua, de su fe y de su deber. Necesita, en fin, una nueva conciencia de sí misma.
Cuando gobiernan los peores, los pueblos solo tienen dos salidas: resignarse o rehacerse. Y toda la historia de España enseña que, aunque tarde, aunque herida, aunque traicionada por muchos de los suyos, siempre acaba encontrando fuerzas para rehacerse.
No pierdas, pues, el ánimo hermano Hispano. No aceptes que este barro sea el destino final de nuestra estirpe histórica. No entregues tu espíritu a la fatiga ni a la propaganda. Guarda memoria. Conserva la fe. Afila el juicio. Sostén lo verdadero. Y espera, sí, pero no como espera el resignado, sino como espera el centinela que sabe que, incluso en la noche más cerrada, hay una hora en la que el horizonte empieza de nuevo a clarear.