Cuando el Imperio no se rinde: escribiendo «Honor y sangre sobre Baler»

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No hay ruina más hermosa que aquella en la que alguien murió creyendo en su deber.

Y si hay un lugar donde esa frase cobra carne, piedra y eternidad, es en la iglesia de San Luis Obispo de Baler. Allí, durante 337 días, una cincuentena de soldados españoles resistieron lo imposible, rodeados por selva, por hambre y por la certeza de que todo había terminado. El mundo al que servían ya no existía. Pero ellos aún no lo sabían. O, quizás, lo sabían mejor que nadie.

Esa historia —más allá de las fechas y los partes militares— fue la semilla de mi nueva novela: “Honor y sangre sobre Baler”, undécimo título de la colección Sangre, sudor y hierro, mi serie de relatos históricos que rinde tributo al alma indomable de España a través de los siglos.

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Un eco desde el más allá

Quise escribir esta novela desde una perspectiva tan inusual como profundamente humana: la de un joven voluntario madrileño, Juan de Estrada, narrador y alma atrapada entre los muros de Baler incluso después de su muerte. Desde ese limbo entre la materia y el espíritu, Juan observa a sus compañeros resistir sin esperanza, se niega a abandonarles y nos cuenta, con una voz rota por el tiempo, lo que realmente ocurrió.

No hay glorificación hueca. Hay barro, hay malaria, hay traición política desde Madrid. Pero también hay algo que no puede medirse en estadísticas ni banderas: la lealtad sin condiciones. El sacrificio sin recompensa. El honor por encima del resultado.

Juan muere pronto en la historia, alcanzado por una bala sin nombre mientras montaba guardia, en silencio, de noche. Nadie lo ve caer. Nadie sabe dónde está. Algunos creen que desertó. Pero él sigue allí. Observando. Rechazando la luz que quiere llevarse su alma. Decidido a quedarse mientras uno solo de los suyos siga resistiendo.

¿Quiénes fueron los Últimos de Filipinas?

El Sitio de Baler no fue una batalla de grandes generales ni de gestas militares victoriosas. Fue una resistencia absurda y épica que duró casi un año (del 30 de junio de 1898 al 2 de junio de 1899) en una iglesia perdida del archipiélago filipino. Mientras el gobierno español firmaba la paz con Estados Unidos, vendía Filipinas por veinte millones de dólares y retiraba sus tropas, aquellos hombres seguían creyendo que luchaban por su patria.

Aislados, enfermos, comiendo arroz podrido y bebiendo agua de un pozo que olía a cementerio, resistieron. No sabían —o se negaban a aceptar— que todo había terminado.

El enemigo no eran solo los insurgentes filipinos. El enemigo era el abandono político, el desprecio mediático, la indiferencia de una España que ya no sabía lo que era.

Y, sin embargo, aquellos hombres recordaban lo que España podía ser.

Por eso resistieron.

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Una novela sobre los que no se rinden

Escribir Honor y sangre sobre Baler no fue solo recrear una crónica bélica. Fue abrir las venas de la historia para rescatar la dignidad de los olvidados.

La voz de Juan de Estrada, que recorre los 30 capítulos de la novela desde su muerte hasta la partida del último soldado, nos guía por las lluvias monzónicas, los bombardeos, las Navidades sin noticias, las muertes silenciosas. Pero también por las canciones entonadas entre escombros, los chistes compartidos en mitad de la malaria, la solidaridad entre los desesperados.

La estructura de la novela está construida como un rosario de resistencia. Cada capítulo es una cuenta más que suma al dolor y a la gloria de esta espera imposible. A través de escenas vibrantes y emocionalmente intensas —algunas contemplativas, otras cargadas de acción, muchas bañadas en lodo y pólvora—, el lector vive con los personajes, no los observa desde fuera.

Una voz recorre toda la historia. La del narrador muerto. Que no olvida. Que no perdona. Que no se va.

Porque cuando se ha amado tanto a los tuyos, no hay muerte que te obligue a rendirte.

Un homenaje al alma española

Este libro no es un panfleto político. No es un canto imperial. Es un grito humano. Porque en esos cincuenta soldados estaban representados todos los españoles humildes que, a lo largo de la historia, dieron su sangre sin pedir nada a cambio.

Sí, había errores. Sí, el Imperio estaba podrido por dentro. Sí, las élites políticas firmaban rendiciones desde sus cómodos salones en Madrid. Pero allí, en Baler, se resistía por algo más grande que un mapa o un rey. Se resistía por un sentido del deber que ni el hambre ni la fiebre ni la traición podían matar.

Y eso es lo que, como autor, he querido rescatar.

Por eso esta novela está escrita con un tono épico y costumbrista, al estilo de autores como Galdós o Unamuno, pero también con el pulso dramático y envolvente de los grandes narradores modernos. Porque nuestra historia merece contarse como lo que es: una tragedia heroica, no una nota al pie.

¿Por qué leer esta novela?

Porque en cada página hay barro, sudor y sangre.

Porque descubrirás que incluso cuando todo está perdido, el ser humano puede elegir morir de pie.

Porque no hay historia más humana que aquella donde los héroes no tienen nombre… hasta que tú, lector, los devuelves a la vida al recordarlos.

Porque leer Honor y sangre sobre Baler no es solo viajar al pasado. Es mirar al presente con otros ojos. Comprender lo que significa no rendirse nunca, aunque el mundo ya se haya rendido a tu alrededor.

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Palabras finales

Cuando uno escribe sobre los muertos, no espera respuestas.

Pero si has llegado hasta aquí, lector, quizá te haya alcanzado el susurro de Juan de Estrada. Quizá hayas oído su voz bajo la lluvia de Baler. Quizá, por un instante, hayas visto la sombra de un soldado sin tumba que se quedó velando a los suyos.

Si es así, si algo dentro de ti se ha removido al imaginar esa iglesia cercada por la selva, entonces esta novela ha cumplido su misión.

“Honor y sangre sobre Baler” no es un simple libro. Es un acto de memoria. Un puñado de tierra echado sobre una fosa anónima. Una vela encendida por los que no volvieron.

Gracias por leer.

Gracias por recordar.

Y gracias, sobre todo, por no rendirte.

 

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