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Soldado

CUENTO CORTO DE TOLMARHER 2

 

 

 

TÍTULO Y REGISTRO

Título Original: Soldado

 

© 2024. Registro: SC 2402136922795

 

Queda prohibida, salvo excepción prevista en la ley, cualquier forma de reproducción, distribución, comunicación pública y transformación de esta obra sin contar con la autorización de los titulares de la propiedad intelectual. La infracción de los derechos mencionados puede ser constitutiva de delito contra la propiedad intelectual (art. 270 y siguientes del Código Penal).

 

 

 

Contenido

  1. Y serás feliz
  2. Z-62
  3. No podía saberse
  4. El Mapa
  5. La Guarida
  6. La Plaza

 

 

 

1. Y serás feliz.

 

El viento helado soplaba como el aliento final de un mundo agonizante, silbando a través de las cicatrices de metal y piedra de lo que una vez bullía como un corazón metropolitano. Ahora, cada edificio era un esqueleto, cada calle una vena obstruida.

El soldado se llamaba Rodrigo; en la soledad de su atalaya improvisada, había hecho suyo este lugar de desesperanza. El esputo que lanzó hacia el abismo de concreto no era meramente una secreción del cuerpo, sino el acto simbólico de un alma que rechazaba ser engullida por la desolación. Su cabeza se inclinó, no por reverencia, sino por el peso invisible de la realidad que su mente, una fortaleza asediada por la guerra incesante, se esforzaba por mantener intacta.

Las horas y los días se habían amalgamado en una interminable neblina grisácea, y el concepto de tiempo se había convertido en un recuerdo tan distante como los días de paz. En el esfuerzo por perforar la bruma del olvido, Rodrigo rastreaba los confines de su memoria. Había fragmentos, destellos de lo que una vez fue certeza. «Marzo», susurraba con una certeza temblorosa. «El comienzo de marzo», afirmaba, agarrándose a ese dato como un náufrago a un trozo de madera flotante. «Año 2030», se convencía en un murmullo apenas audible sobre el viento que traía el eco de sus propios días oscuros, días en los que la ironía cruel de la promesa «No tendrás nada y serás feliz» se había tornado en una verdad distorsionada. Y al recordarlo, el soldado soltó una risa que se mezclaba con la cacofonía de las ruinas, una carcajada que el viento helado se encargaba de cortar, dejándolo nuevamente en silencio. Recordó los ahora lejanos ecos de la antigua prensa que una vez goberno las turbadas y livianas mentes de los ciudadanos de entonces y los Influencers que vendían la ideología arcoíris mundialista, sobornados por el poder que les condujo a la ruina. Ahora, todos estaban muertos, Rodrigo, estalló en una carcajada que pareció resonar a través de los escombros, pero fue rápidamente silenciada por los vientos gélidos que barrían la azotea. Allí, acurrucado, se encontraba escondido, su espalda contra un murete medio derruido.

Encaramado en su refugio, con la espalda presionada contra el muro desgastado por la guerra, el soldado era una figura espectral. La suciedad y la ceniza eran su camuflaje; su barba, una vez meticulosamente cuidada, ahora era una maraña descolorida y rebelde que escondía parcialmente su rostro cincelado por el tiempo y las privaciones. Su calva, antes disimulada, ahora era una evidencia descubierta bajo el gorro de lana desgastado. Vestía los restos de lo que fue un uniforme de resistencia, el caqui desteñido salpicado de manchas y cicatrices, con el aspa de Borgoña y la vieja bandera española adornando sus hombros como insignias de un compromiso inquebrantable, aunque el mundo alrededor se desmoronara.

Los días se habían estirado como una agonía sin final, con el soldado en su puesto de vigilancia, observando el humo elevarse en columnas funerarias hacia un cielo ya de por sí cargado de desesperación. La ciudad que una vez fue la joya de Aragón ahora era nada más que un trofeo más en la cadena de conquistas del Califato que había emergido del norte de África, y su gente reducida a cenizas y esclavitud.

«Traicioneros… desgraciados traidores», escupía con cada sílaba impregnada de veneno, de un odio destilado a través de años de traiciones y pérdidas. Pero era el recuerdo de los amigos caídos, más que el odio, lo que nublaba su visión, hasta que el picante aroma de la destrucción lo devolvía al amargo presente.

Rodrigo se pasaba la lengua sobre los labios resquebrajados, intentando aliviar la sequedad que era un recordatorio perpetuo de su estado desesperado. Su cuerpo clamaba por agua, por sustento, pero su deber lo anclaba a ese parapeto de concreto. Su vigilia fue rota por gritos agudos, inocentes, que desgarraban el manto de silencio. Su corazón, que había olvidado cómo latir con esperanza, ahora golpeaba con fuerza ante el horror de la escena. Los niños, llevados en fila hacia un destino inimaginable, eran como fantasmas de un futuro robado. Y entre ellos, dos niñas de cabello dorado, cuyos ojos reflejaban un terror que él conocía demasiado bien. La visión lo atravesaba como una estaca, evocando recuerdos de sus propias hijas, arrebatadas por la barbarie antes de tiempo.

Mientras sus dedos acariciaban inconscientemente el arma a su lado, el subfusil que había sido su constante compañero, una lluvia de piedras traicioneras cayó de su escondite, atrayendo la atención de los muyahidines. Los guerreros detuvieron su marcha, su mirada inquisitiva y hostil escudriñaba las alturas. Rodrigo contenía el aliento, fundiéndose con las sombras y la quietud, hasta que, convencidos de que era solo un desprendimiento más en una ciudad de escombros, continuaron su avance hacia el epicentro de su califato improvisado, la antigua plaza de toros convertida en un mercado de esclavos y un bazar de almas.

Y en ese momento de quietud tensa, mientras la procesión retomaba su lúgubre marcha, se produjo el encuentro visual, tan fugaz como devastador. Los ojos de una de las niñas encontraron los de Rodrigo, un espejismo de súplica y pavor que reflejaba su propia impotencia y angustia. Era un silencioso clamor por auxilio que él sabía, con un dolor que le carcomía el alma, no podría atender. La niña sería llevada a un destino atroz, uno que estaba marcado por el inminente florecer de una primavera que ella posiblemente nunca vería. Las atrocidades que les esperaban eran conocidas por todos; eran susurros de pesadilla hechos realidad bajo la perversión y crueldad de sus captores.

Atrapado en el torbellino de su propia tormenta interna, Rodrigo desvió la mirada, retomando su posición detrás del muro. La azotea se convirtió en su fortaleza y su cárcel, el último bastión de un soldado enfrentado al abismo.

El silencio volvió a cubrir las ruinas como un manto pesado, sólo roto ocasionalmente por el lejano eco de las tragedias que continuaban desarrollándose en las calles destrozadas. La mirada fugaz de la niña se había clavado en la mente de Rodrigo como un clavo ardiente, recordándole la humanidad que una vez tuvo y que la guerra le había arrebatado trozo a trozo. Cerró los ojos, intentando encontrar un respiro en su memoria, pero sólo encontraba los mismos fantasmas que lo perseguían sin cesar.

La noche comenzaba a caer, y con ella la temperatura descendía aún más. El soldado se abrazó a su propio cuerpo, buscando calor en el acto reflejo de un hombre que sabe que cualquier noche podría ser la última. Revisó su subfusil por enésima vez, acariciando el metal frío como si fuera un talismán capaz de protegerlo de todo mal. La munición escaseaba, cada bala era un tesoro invaluable, y él era consciente de que su siguiente enfrentamiento podría ser el último.

El hambre le retorcía el estómago, pero era una vieja conocida. Había aprendido a negociar con ella, a prometerle comida «más tarde» en un diálogo interno que sabía absurdo pero necesario. De su mochila sacó un trozo de pan duro como la piedra y un pedazo de queso que olía a rancio. Mordió con dificultad, cada bocado era como una pequeña victoria contra la inanición que amenazaba con debilitarlo más aún.

 

 

2. Z-62

 

Las primeras luces del alba se filtraban tímidamente entre los edificios en ruinas, anunciando un nuevo día en el mundo devastado en el que Rodrigo se había convertido en espectador y sobreviviente. El cielo, un gris perlado que prometía el amanecer, se abría paso entre las nubes de ceniza y humo que aún se aferraban al firmamento como fantasmas de la noche. El aire frío picaba la piel y los pulmones, pero para el soldado era un alivio sentir algo, incluso si era el dolor que le provocaba el lacerante viento helado, porque significaba que todavía estaba vivo.

Con movimientos rígidos y torpes por el frío que había calado hasta sus huesos, Rodrigo se puso en pie. Cada articulación protestaba con un dolor sordo, y un manto de agujas parecía clavarse en sus músculos. La Z-62 yacía a su lado, silente testigo de la noche pasada y compañera fiel de innumerables jornadas. La tomó entre sus manos, sintiendo su peso familiar, un peso que le recordaba su propósito y su pasado como soldado.

Se sentó con las piernas cruzadas y comenzó el ritual de desarmar el subfusil. Sus dedos, aunque entumecidos y marcados por la crudeza del clima y el abuso de la supervivencia, trabajaban con la precisión de un relojero. Desmontó el cargador, verificó que no hubiera una bala en la recámara y procedió a retirar la culata, revelando el alma de acero de la Z-62.

Rodrigo extrajo el cerrojo y el muelle recuperador, piezas que había limpiado y engrasado tantas veces que podría hacerlo con los ojos cerrados. La rutina era casi terapéutica, cada pieza desmontada era un paso más en un baile que lo distraía del constante gruñido de su estómago vacío.

Desde una bolsa de tela raída, sacó un trapo aceitoso y comenzó a limpiar cada componente. La grasa vieja y el residuo del disparo daban paso al brillo del metal que, a pesar de las circunstancias, Rodrigo mantenía con orgullo. En un mundo donde el orden había sucumbido al caos, aquel subfusil impecable era su declaración de resistencia, su poema épico escrito en acero y pólvora.

 

Mientras limpiaba, una punzada de dolor lo distrajo. Era su cuerpo emitiendo otra señal de alarma. Orinó al borde de la azotea, observando cómo la orina manchaba el escombro con tonos oscuros y rojizos. La sangre en su orina era una alarma clara, un indicativo de que algo en su interior estaba fallando, quizás un riñón herido por la deshidratación crónica, quizás algo peor. No había espacio para la debilidad en aquel nuevo mundo, pero su cuerpo no parecía entenderlo. El dolor era ahora una constante, un compañero tanto o más fiel que su Z-62.

Ignorando el dolor, siguió con su tarea. Aplicó unas gotas de aceite a un paño limpio y lubricó cada pieza con esmero. El retén del cargador, el muelle, el percutor… cada uno recibía su atención, cada uno era vital para el funcionamiento del arma y, por ende, para su supervivencia.

Mientras trabajaba, su mente no podía evitar vagar. Recordaba los días en que las armas como la suya eran herramientas de un mundo estructurado, de un ejército con una cadena de mando, con aliados y enemigos claros. Pero esos días habían pasado, dejando atrás sólo el eco de una civilización que luchaba por no ser olvidada.

El soldado terminó la tarea y reensambló el subfusil con movimientos seguros y decididos. Alzó el Z-62 y lo apuntó hacia el vacío, ensayando su agarre y su puntería. A pesar del frío, el hambre y la enfermedad, se permitió un momento de satisfacción. Su arma estaba lista, y mientras pudiera sostenerla, aún tenía una oportunidad de luchar otro día más.

El sol, ya más alto en el cielo, teñía de naranja las nubes y ofrecía un poco de calor en la helada mañana. Rodrigo se puso de pie, recogió su mochila y miró hacia el horizonte. No sabía qué le depararía este nuevo día, pero estaba listo para enfrentarlo. Con un suspiro que formó una nube de vapor en el aire frío, se preparó para dejar la azotea, su refugio momentáneo, y adentrarse una vez más en las entrañas de un mundo que ya no reconocía.

El sol continuaba su ascenso lento pero inquebrantable sobre el desolado paisaje urbano, derramando una luz que se negaba a ser cálida sobre la figura solitaria de Rodrigo. Con el subfusil nuevamente en su estado operativo, se permitió unos momentos más de reflexión. Su respiración se había calmado, siguiendo el ritmo meditativo de su labor con el arma, pero el dolor seguía latente, una corriente subterránea que amenazaba con desbordarse en cualquier momento.

 

El Z-62 reposaba en sus manos, un objeto inanimado que cobraba vida solo a través de su dueño. Rodrigo lo contempló, notando el contraste entre el negro profundo del acero y el leve óxido en algunas partes, un recordatorio de que nada era inmune a la decadencia, ni siquiera los instrumentos de guerra. La lubricó cuidadosamente, sus movimientos eran casi una caricia, una muestra de respeto hacia el compañero que había garantizado su supervivencia más veces de las que podía contar.

Cada parte de su Z-62 le hablaba de una realidad que deseaba poder olvidar. El cañón, ahora frío y limpio, había escupido fuego y muerte. La culata, desgastada por el uso, había absorbido el sudor y la determinación de sus manos. Y el gatillo, ahora inerte y a la espera, había sentido el temblor de su dedo en momentos de decisión crítica. Ese subfusil era más que un arma; era un capítulo de su historia, una extensión de su ser en un mundo donde el hombre y el metal se habían fusionado en la lucha por la existencia.

Las heridas y dolores de Rodrigo palpitaban al ritmo de su corazón, un metrónomo de sufrimiento que marcaba el paso del tiempo con cada latido. El hambre lo debilitaba, pero no había lugar para la rendición.

La sangre en su orina era un signo de que su cuerpo estaba alcanzando sus límites, pero su espíritu, templado en el fragor del combate y la adversidad, seguía indomable.

El arma, ahora lista y aguardando junto a él, era un recordatorio de sus habilidades y su propósito. Pero también era un espejo en el que Rodrigo veía reflejado lo que había perdido y lo que aún le quedaba por defender. En la pulcritud y eficacia del Z-62, encontraba un refugio contra la incertidumbre de sus pensamientos, una orden en el caos que se había convertido en su vida cotidiana.

El soldado cerró los ojos un momento, buscando en su interior la fuerza para seguir adelante. El metal frío del subfusil presionaba contra su palma, recordándole que mientras pudiera sentir ese peso, mientras pudiera cargar y disparar, no todo estaba perdido. Con un suspiro que se perdió en el viento helado, abrió los ojos y se puso en pie. El subfusil estaba listo, y él, a pesar de todo, también lo estaba.

 

Era hora de seguir adelante. Con cada paso que daba, el subfusil balanceándose ligeramente en su mano, Rodrigo sentía cómo su propio peso parecía crecer, como si la gravedad se esforzara por arrastrarlo hacia abajo, hacia el suelo que había visto caer a tantos. Pero resistía, avanzando con la determinación de quien tiene muy poco que perder y todo por lo cual luchar. El dolor era un compañero más en su viaje, un constante recordatorio de su humanidad en un mundo que había olvidado qué significaba ese término. Y en la comunión silenciosa entre hombre y arma, se encontraba una promesa tacita: la de no ceder, no aún, no mientras pudiera mantenerse en pie y seguir luchando.

3. No podía saberse

 

Rodrigo se hundía más en el abrigo de su casaca, buscando en vano el calor que el viento aragonés, cruel y pertinaz, parecía arrancar con cada racha que golpeaba la azotea. Aquel viento, que una vez había traído los sonidos de una vida plena y vibrante, ahora solo llevaba el silbido del abandono. La ironía era una compañera más en su soledad, y no la más gentil. Reflexionaba sobre cómo el anhelo de libertad, el deseo ardiente de emancipación de un pueblo, había sido manipulado, retorcido hasta convertirse en una mordaza para su nación.

España, el país de sus ancestros, el reino de guerreros y poetas, de pintores y santos, se había disuelto en el vórtice de la historia hasta parecerse a un sueño olvidado, una leyenda que los padres ya no recitaban a sus hijos. Pensaba en Pelayo, el guerrero y luego rey que se alzó contra los invasores y fundó un reino, y en Don Quijote, la encarnación de la valentía y la locura, la lucha interminable contra gigantes que eran, al fin y al cabo, molinos de viento. Recordaba a Isabel la Católica, cuya determinación había unificado un país y lanzado a sus naves a descubrir mundos nuevos. Evocaba las obras de Velázquez, cuyos pinceles habían capturado la dignidad de los reyes y la vulnerabilidad de los bufones, y de Picasso, que con su genio torturado había despedazado y vuelto a componer la realidad.

Y no estaba solo en su caída. Al otro lado de la frontera imaginaria que una vez dividió dos naciones, Portugal compartía su lamento. Aquella tierra, donde navegantes habían partido hacia lo desconocido, llevando el nombre de su país a confines desconocidos, ahora yacía en un silencio que parecía igual de vasto y profundo como aquel océano que sus hijos habían cruzado con valentía y esperanza. Fernando Pessoa, con sus múltiples máscaras poéticas, había plasmado la melancolía de un país en las páginas de su libro “Desasosiego”. Ahora, el desasosiego era palpable en cada esquina de sus calles desiertas, en cada puerta cerrada de sus casas abandonadas.

El frío se hacía más intenso a medida que la noche prometía caer de nuevo sobre la tierra. Rodrigo abrazaba su casaca como quien intenta aferrarse a los últimos retazos de una identidad que se deshilacha con el viento.

Una vez más, las estrellas comenzarían a asomar, indiferentes a la tragedia humana, testigos silenciosos de la caída de una península, de dos naciones hermanas, en el olvido.

Con los ojos cerrados, Rodrigo dejaba que la memoria le trajera el aroma de las naranjas, el eco de una guitarra flamenca, el sabor del vino añejo y el calor de un abrazo. Eran recuerdos de una España que luchaba por sobrevivir, no solo en los libros de historia o en los cuadros de los museos, sino en el alma resiliente de aquellos que, como él, se negaban a dejar que el viento se llevara sus nombres y su esencia.

 

–          ¿Cómo había llegado hasta allí? ¿Qué había pasado? –

 

El soldado, sonrió, con expresión conmovida, hundido en sus sombríos pensamientos y pésimos recuerdos; Aquellos tiempos parecían ahora más un espejismo que una serie de eventos que realmente habían ocurrido en su vida.

En el año 2025, Rodrigo había sido una persona completamente diferente a la sombra que ahora se refugiaba entre las ruinas. Había vivido, había amado y había soñado. Su vida no había sido la de un héroe de cuento, pero sí la de un hombre que había luchado por dar lo mejor de sí mismo, tanto en la batalla como en la paz de un hogar.

Treinta años antes, como militar de tropa profesional, había conocido la disciplina y la camaradería, el peso de la responsabilidad y la adrenalina del peligro. Pero cuando colgó el uniforme y abrazó la vida civil, las batallas se volvieron de otra índole. Los enemigos no eran ya adversarios en un campo de combate, sino competidores en una sala de juntas, retos en el desarrollo de un nuevo software, o incluso errores en un código que requerían atención meticulosa.

Saltó de empresa en empresa, siempre hacia adelante, persiguiendo el éxito como se persigue un horizonte que siempre se aleja un poco más cuando crees estar a punto de alcanzarlo. La vida le sonrió en forma de una pareja que se convirtió en su compañera de vida, y de dos hijas que llenaron su mundo de risas y de cabellos dorados, como los atardeceres de un verano sin fin.

 

Había tenido un hogar, un pequeño adosado en las afueras de Madrid, donde cada detalle hablaba de una vida familiar construida día a día con esfuerzo y amor. Un perro que siempre movía la cola al escuchar su llegada, que corría a su encuentro como si cada regreso fuera un pequeño milagro cotidiano.

Pero en la vida, incluso en la más apacible, siempre hay tempestades. Las había superado todas: las tensiones en su matrimonio que se resolvían en una tregua de besos y promesas, las incertidumbres laborales que eran parte del ecosistema empresarial, las crisis económicas que golpeaban como olas en un barco bien construido, pero, al fin y al cabo, vulnerable.

Rodrigo había navegado por todos esos altibajos con la certeza de que, al final del día, las luces de su hogar le esperaban, que las risas de sus hijas eran el mejor bálsamo contra cualquier adversidad, y que el amor de su esposa era el anclaje que lo mantenía firme en la realidad.

Ahora, cada recuerdo era una tortura dulce y amarga; Su familia, su hogar, su vida anterior, todo se había desmoronado ante la embestida de una historia que no había sabido, o no había querido, prever. Y en la cruenta ironía de la vida, Rodrigo había tenido que volver a sus raíces militares, no por deseo, sino por necesidad, para proteger, para sobrevivir, y tal vez, para intentar devolver un atisbo de aquel mundo perdido a las nuevas generaciones, si es que todavía había esperanza en el horizonte.

El mundo que conocía comenzó a desmoronarse. Las potencias occidentales, envueltas en sus ideologías y conflictos internos, sembraron semillas de caos en territorios ajenos.

La crónica del colapso no era lineal, ni siquiera predecible, pero retrospectivamente parecía un guion escrito por la mano inexorable del destino. Estados Unidos, con su poderío y su influencia global, había jugado a un juego de ajedrez geopolítico cuyas consecuencias nadie podía haber anticipado completamente. Las políticas, teñidas de un optimismo estratégico o quizás de una ingenuidad peligrosa, habían llevado a un armamento y financiamiento de naciones que, con el paso del tiempo, mostraron ambiciones propias y no siempre alineadas con los ideales de sus benefactores; Oriente Próximo y África, Asía, ¿Qué más da? Los colmillos de nuestros asesinos fueron afilados…

 

Europa, por otro lado, se debatía en su propia trama de complacencia. Las redes de corrupción se habían tejido tan íntimamente en el tejido político y económico que cuando la tormenta comenzó a formarse, sus cimientos ya estaban socavados. Los lobbies, con sus agendas y capitales, manipulaban las palancas del poder sin el menor asomo de lealtad hacia las poblaciones a las que pretendían servir. La desindustrialización, presentada como una evolución natural hacia una economía más limpia y digital, había dejado a muchos sin trabajo y a las naciones sin la autosuficiencia necesaria para enfrentar tiempos de crisis.

Las ideologías habían jugado su parte también, fluctuando entre extremos que raramente veían el centro como algo más que un territorio a ser conquistado. Del lado opuesto del Atlántico, la retórica se materializaba en apoyo táctico y militar que databa de los años setenta, creando un monstruo armado con los dientes de la bestia que pretendía domar. La ironía era que, mientras se alimentaba al león africano, se le permitía entrar en el redil sin pensar en las ovejas que allí habitaban.

La Unión Europea, con su corrupción, burocracia a menudo denostada y su idealismo a veces mal enfocado, había facilitado una degeneración económica disfrazada de progreso. Los subsidios y las regulaciones, en lugar de promover el crecimiento y la innovación, a menudo estrangulaban a las mismas empresas que debían florecer. Las políticas verdes y las agendas digitales, aunque necesarias, se implementaban a veces con una precipitación que ignoraba las realidades del terreno económico y social; cada día, semana, mes… el enemigo llegaba en pateras, lanchas rápidas del narco o atravesando las débiles fronteras, mientras los gobernantes untados por capitales internacionales oscuros hacían la vista gorda y miraban para otro lado; y entre tanto, cientos, luego miles y millones de jóvenes en edad militar y mucho más preparados y motivados para la lucha que los locales, se situaban en cada calle, barrio y ciudad… Esperando la llamada, esperando su momento.

España no fue una excepción y por eso, cuando desde África y desde Asía se atacó a diferentes puntos de Europa, EEUU no hizo absolutamente nada, tan solo se limitó a quedarse sentado y ver como al otro lado del Atlántico y en gran parte de la frontera Mediterránea, las fronteras cambiaban y con ellas sus alianzas.

Casualmente y para entonces, mientras Grecia era invadida por asiáticos llegados por la frontera turca, a Portugal y España les tocaba lo propio con un Marruecos engordado por el amigo anglosajón que durante generaciones se había encargado de financiar la ideología de genero a nivel político y de las instituciones de toda suerte y condición y el anarquismo y el sentimiento independentista en las regiones de la periferia; un cúmulo de circunstancias que hicieron que dos pueblos, el portugués y el español, no estuvieran preparados para una invasión que se originó en Ceuta y Melilla, y que muy pronto atravesó el Estrecho, respetando eso sí, la soberanía británica de Gibraltar, y avanzando a buen paso hacia el Algarve y hacia Andalucía; donde lo devoraron todo.

El caos y la confusión invadieron la península y mientras la monarquía cobarde y vendida desde los tiempos del emérito a las comisiones y mandatos de la CIA, las monarquías del Golfo, y el gobierno de turno, servil a la ideología mundialista,  abandonaban la capital rumbo al norte de Europa y luego al otro lado del charco, en una torpe y cobarde huida que dejó huérfano al pueblo ibérico y a unos ejércitos, el luso y el hispano, encapaces de hacer frente al armamento de última generación adquirido a los norteamericanos, por el sátrapa alauita, financiado por los grandes capitales sauditas y los impuestos de aquellos que ahora eran invadidos.

 

¡Nadie se esperaba aquello! No podía saberse…

 

Como un relámpago, ciego y colosal, el mundo cayó sobre las cabezas de un pueblo confuso y confiado, que había aprendido a vivir en un eterno cuento de color arcoíris.

Y mientras millones trataban de huir hacia el norte, rumbo a Francia, dejando atrás la Patria que tanto sudor y sangre había costado ganar a sus antepasados, pues no tenían conciencia nacional o amor por el polvo que pisaban, en el norte y en el este peninsular una nueva traición se fraguaba; pues en medio del inicio de la conquista mahometana, vascos y catalanes, en un estrategia convenida, se declaraban independientes al unísono y de forma coordinada, activando sus fuerzas policiales forales en las fronteras e impidiendo que los refugiados que huían por el norte de Castilla y Aragón se refugiaran en sus fronteras; en una inesperada alianza con el invasor mahometano, que había actuado en convivencia con las agencias de inteligencia anglosajonas y los infiltrados de estas nuevas naciones autoproclamadas.

 

-«Traidores… putos traidores.»- Volvió a musitar el soldado, envuelto en sus recuerdos.

 

Sin embargo, la independencia no duró mucho a los traidores, pues al poco tiempo se vio, que no era sino una vana ilusión, pequeños y miserables protectorados, igualmente ignorados por la mal llamada comunidad internacional, sometidos a la ley islámica y a la conversión, para poder acceder a unos mínimos derechos y huir de la súbita destrucción a la que se sometió al resto del país.

Lo impensable ocurrió, en menos de lo que transcurre el puente de Semana Santa y aquella semana olvidada, Rodrigo perdió a su familia y todo aquello que de alguna manera había configurado su vida hasta aquel fatídico momento.

 

 

3. El Mapa

 

Rodrigo inició su descenso con la cautela de quien conoce la fragilidad de su entorno. El edificio, una vez un monolito de acero y cristal, ahora era una carcasa sombría, sus entrañas expuestas al cielo. Cada paso resonaba en la vastedad del lugar, un testamento a la vida que una vez llenó sus pasillos y oficinas.

Las escaleras, o lo que quedaba de ellas, se retorcían como esqueletos de concreto. Las barras de refuerzo sobresalían como los dedos acusadores de una civilización que alguna vez creyó en su invulnerabilidad. Rodrigo se movía con un respeto silencioso hacia la muerte que le rodeaba. Los restos de los que habían perecido en el bombardeo yacían entre los escombros, muchos irreconocibles, otros trágicamente preservados en el último gesto de una vida inesperadamente truncada.

Con cada tramo de escaleras superado, una mezcla de alivio y pesar lo embargaba. La penumbra era su aliada, ocultando los peligros hasta el último posible momento, pero también su enemiga, al velar las trampas que las sombras ocultaban. Pisos que antes eran sólidos ahora cedían bajo su peso, obligándolo a encontrar rutas alternativas, a veces escalando por los marcos de las puertas, otras deslizándose a través de aberturas angostas en las paredes dañadas.

Los cadáveres no eran el único peligro; los artefactos sin explotar acechaban entre los escombros, promesas mortales de una destrucción aplazada. A su alrededor, la estructura gemía con los vientos, un coro de lamentos que se unía al crujir de su propio esfuerzo.

Llegar a la superficie tomó horas que se sintieron como días. El tiempo dentro de las ruinas era un enigma, estirándose y contrayéndose con cada dificultad superada. Cuando por fin sus pies tocaron el pavimento agrietado del mundo exterior, Rodrigo no se permitió un momento de descanso. La seguridad era una ilusión, especialmente en las calles vacías de una ciudad que había perdido su alma al calor de las llamas y la furia de la guerra.

 

El soldado miró hacia atrás una sola vez, observando la torre desde la cual había descendido. Era más que un edificio; era un monumento a la resiliencia y a la fragilidad, un recordatorio de que incluso las estructuras más sólidas podían caer, y que incluso el hombre más destrozado podía levantarse y caminar entre las sombras de lo que una vez fue un hogar. Con un suspiro que llevaba más que cansancio, se adentró en la urbe silente, su figura solo una más entre las sombras.

La ciudad, o lo que quedaba de ella, parecía una pintura surrealista, plasmada con colores sombríos y pinceladas de desolación. Edificios que antes tocaban el cielo, ahora eran esqueletos de hierro retorcido. La vegetación se abría camino a través del concreto. La naturaleza se encontraba reclamando cada centímetro perdido ante la expansión humana. Era un mundo silente, donde el viento era el único que susurraba entre las ruinas.

Rodrigo, con cada paso, se alejaba más de los fantasmas del pasado. Su mente, aunque agotada, se aferraba a la necesidad de seguir adelante, de encontrar un propósito en este nuevo mundo que no pedía héroes, sino simplemente supervivientes. La esperanza era una chispa débil, fácil de extinguir en el vasto océano de la desesperanza, pero aun así se aferraba a ella.

El soldado caminaba con precaución, evitando las arterias principales de lo que una vez fue una metrópoli vibrante. Las calles secundarias y los pasajes olvidados eran ahora su dominio, donde la sorpresa de lo inesperado era menos probable. No había electricidad, no había agua corriente, la civilización se había reducido a las necesidades básicas, y cada día era una búsqueda constante para satisfacerlas.

Encontró un pequeño arroyo que fluía caprichosamente entre los escombros. Se detuvo para beber, usando sus manos como cuenco. El agua, milagrosamente clara en medio de tanta destrucción, era vida misma. Observó su reflejo, la cara de un hombre que apenas reconocía. Las arrugas se habían profundizado, la barba crecía enmarañada y sus ojos reflejaban un cansancio que no se curaba con el descanso.

Una vez saciada la sed, continuó su travesía. De vez en cuando, encontraba latas de comida, paquetes de suministros que los aviones aliados habían dejado caer en los primeros días del colapso. Eran regalos anónimos del cielo, paliativos contra el hambre que nunca se saciaba del todo.

Paró un momento y hecho mano de uno de los bolsillos de su pantalón y sacó un mapa viejo, amarillento y acartonado; aún estaba lejos de la posición a la que se dirigía. Quizás mañana llegaría a su destino…

Mientras el sol comenzaba a descender, pintando el cielo con tonos de fuego y sangre, Rodrigo entendía que debía buscar refugio. Las noches eran peligrosas, no tanto por la oscuridad, sino por lo que ella podía esconder. Eligia los escondites con el mismo cuidado que un cardenal elige sus palabras en una misa de domingo.

Aquella noche, su refugio fue el sótano de lo que parecía haber sido una librería. Los libros, consumidos por el moho y la humedad, aún conservaban historias de tiempos mejores. Rodrigo tomó uno al azar y lo hojeó, las letras danzaban ante sus ojos, palabras de amor, aventura, ciencia… fantasías que parecían más inalcanzables ahora que las estrellas.

El solado se recostó sobre su mochila, la Z-62 desarmada a su lado, pieza por pieza como un rompecabezas que sabía ensamblar incluso en la más profunda oscuridad. Cerró los ojos, pero el sueño era esquivo, como un pez que se desliza entre las manos una y otra vez. En su cabeza, las memorias danzaban al compás de una música que nadie más podía oír, una melodía de días mejores que quizás nunca volverían.

Así, entre susurros del pasado y la quietud del presente, Rodrigo encontraba su descanso, un soldado solitario en un mundo que ya no reconocía las batallas que él aún peleaba y entonces, súbitamente un chasquido rompió la quietud de la estancia; Rodrigo se giró y se puso en pie, no lejos de él y medio sepultado por una columna se encontraba el cuerpo seco y descompuesto del que parecía haber sido un muyahidín, tal vez un sirio… Al parecer fruto del tiempo y el desgaste un hueso del cadáver había crujido, cediendo al arrebato del tiempo… Rodrigo sonrió por el susto, pero al tiempo cuando ya se iba a girar para volver a su improvisado catre, se percató de que el cuerpo portaba un cinturón explosivo con un pulsador pegado al cuero, que el sirio no había llegado a detonar, probablemente porque la muerte le había venido a buscar antes…

El soldado tomó el cinturón y se lo puso… Tal vez, le fuera útil más adelante, uno no sabía cuándo podía necesitar apretar el botón de escape y abandonar este mundo ingrato para siempre y por supuesto, llevándose por delante todo lo que pudiera y un poco más.

4. La Guarida

 

Pasó la noche, envuelta en un velo de oscuridad, y tras ella, la tarde se desplegó con pinceladas de rojo y naranja en el horizonte. Cuando el soldado se sintió finalmente repuesto de las heridas, tanto físicas como del alma, tomó la decisión de abandonar su refugio temporal. La guarida, que le había servido de escudo contra los horrores de la guerra, ahora se convertía en un recuerdo más de su lucha por sobrevivir.

Volvió a soplar el viento helado, un presagio de lo que estaba por venir. Con él, llegaban las voces en árabe, entremezcladas con los gritos de los niños y otros esclavos que resonaban desde la plaza. Estos sonidos, cargados de desesperación y miedo, se tejían en el aire, creando un tapiz de vidas entrelazadas por el destino. Ahora, el destino del soldado lo llevaba de vuelta a esa plaza, no quedaba lejos. Cada paso que daba resonaba con el eco de sus propias incertidumbres y la firmeza de su propósito.

A medida que avanzaba, las escenas de su cautiverio y las luchas libradas en aquellos lugares asolados por el conflicto se agolpaban en su mente. Recordaba cada rostro, cada mirada de aquellos que, como él, habían sido arrastrados a la vorágine de la guerra. Pero en su corazón, también ardía el deseo de cambio, de redención, de jugar un papel, por pequeño que fuera, en la sanación de las heridas de su tierra y su gente.

Al acercarse a la plaza, los sonidos se intensificaban, penetrando en lo más profundo de su ser. Los gritos de los niños y los lamentos de los esclavos eran un recordatorio palpable de la crueldad humana, pero también de la resistencia y la esperanza que nunca dejaban de brillar, incluso en los momentos más oscuros.

El soldado, con cada nuevo latido de su corazón viejo y cansado, se transformaba. Ya no era solo un hombre marcado por la guerra, sino un testigo de la capacidad del espíritu humano para sobreponerse al dolor y la adversidad. Su decisión de salir de la guarida no era solo una búsqueda de libertad física, sino un paso hacia la reconstrucción de su propia humanidad y la de aquellos cuyas voces clamaban por justicia y paz en medio del viento helado.

Rodrigo contempló la idea de continuar con su misión, sin embargo, una fuerza interna inexplicable lo detuvo en seco. Las imágenes de lo vivido durante años de invasión se agolparon en su mente; tiempos en los cuales la escasez y la hambruna se habían convertido en el pan de cada día, y los abusos sexuales y la tortura más atroz marcaban a quienes eran capturados, arrastrándolos a veces hacia destinos aún más desoladores, pero el hambre había traído algo mucho peor… Había logrado evadir incontables veces las razias moras, utilizando su astucia y su fuerza para sortear el peligro. Pero en este momento, la idea de huir se desvanecía ante una nueva realidad.

La mirada de aquellas niñas esclavas, víctimas inocentes de la crueldad de la guerra, se había impreso en lo más profundo de su ser, dejando una marca indeleble en su alma. Esos ojos, reflejo de miedo, desesperación y un atisbo de esperanza perdida, habían cambiado algo dentro de él. En ese instante, Rodrigo se enfrentó a la posibilidad de que, quizás, ya había recorrido el camino que le estaba destinado en esta vida.

El peso de la reflexión lo sumergió en una profunda introspección. Comenzó a cuestionar el significado de su existencia, la validez de la lucha continua y el verdadero propósito de su misión. La idea de que su vida había alcanzado su culmen se entrelazaba con el deseo emergente de dedicar su existencia a un fin mayor, más allá de la supervivencia y las batallas interminables y una decisión comenzó a formarse en su mente nublada, abandonado cualquier otro objetivo.

En ese momento de claridad, Rodrigo entendió que su verdadera misión no era continuar su camino, sino permanecer y hacer frente a aquel enemigo inhumano, inspirado por el dolor y la inocencia reflejadas en los ojos de las niñas. Esta nueva epifanía no solo redefinió su propósito, sino que también le dio un nuevo significado a su existencia.

Retornó al interior de la guarida, donde procedió a desvestir el cuerpo sin vida del sirio. Adoptando para sí mismo el atuendo sarraceno, una elección táctica que le permitiría camuflarse entre las sombras de la noche y los ojos curiosos. Con meticulosa atención, utilizó un morral y una manta para ocultar su Z-62, asegurándose de que su aspecto no despertara sospechas entre aquellos que pudiera encontrar en su camino.

La oscuridad ya había tejido su manto sobre la ciudad cuando el soldado emprendió de nuevo su marcha. Sin embargo, esta vez su destino no era la seguridad de las sombras ni la discreción de los callejones sin salida. Su rumbo estaba firmemente fijado hacia la plaza, el corazón palpitante de la ciudad. A medida que avanzaba, el eco de sus botas sobre el empedrado y la grava de las ruinas resonaba bajo el cielo estrellado, acompañando sus pensamientos. Cada paso lo acercaba más a su objetivo, impregnado de una determinación renovada. La noche se convertía en su aliada, ofreciéndole el velo de anonimato necesario para moverse sin ser detectado.

El aire nocturno vibraba con la tensión de lo inminente, y en la distancia, la silueta de la plaza comenzaba a delinearse contra el horizonte oscuro. Este no era solo un regreso a un lugar físico, sino un viaje hacia un encuentro con el destino, donde el soldado tendría que enfrentarse a la realidad de sus decisiones y las consecuencias de sus acciones.

En la soledad de la noche helada, el soldado se permitió reflexionar sobre el camino que había elegido. No era solo la estrategia de un guerrero lo que lo guiaba, sino la búsqueda de un propósito más allá de la supervivencia a la que ya había renunciado, era un anhelo de justicia en una tierra desgarrada por el conflicto. Con cada paso hacia la plaza, se acercaba a la encrucijada de su propia existencia, listo para enfrentar lo que el destino le reservara.

 

 

5. La Plaza

 

Rodrigo, bajo el manto protector de la noche, se adentró en la plaza de Zaragoza. Su figura disfrazada de sarraceno se funde con las sombras que proyectan las llamas de hogueras y antorchas bajo las que se distribuyen grupos informes de soldados y sus esclavos demacrados y lacerados.

La plaza, que alguna vez fue un símbolo de encuentro y comunidad, ahora yace medio destruida, testimonio silente de la devastación que ha sufrido la ciudad en manos de batallas que ya forman parte de la historia del pasado.

Los accesos, maltrechos y repletos de escombros ennegrecidos, ofrecen un sombrío recibimiento, mientras que el interior, iluminado por la danza inquietante de las llamas, revela una escena de desolación, dolor y desesperación humana.

Las hogueras, dispuestas en puntos estratégicos, lanzan sus lenguas de fuego hacia el cielo oscuro, creando un contraste siniestro con las ruinas que las rodean. Las antorchas, clavadas en el suelo o sostenidas por manos invisibles, titilan como estrellas caídas, guiando el camino a través del caos. Entre los restos de una civilización hispana fragmentada, vehículos 4×4 identificados con los emblemas negros y blancos del Califato se encuentran estacionados con aire de autoridad, mientras que coches calcinados bordean los alrededores, mudos testigos de la violencia desatada.

Este lugar, ahora transformado en un mercado de esclavos, bulle con la actividad de soldados y figuras de aspecto temible que van y vienen, sus voces se elevan en una mezcla de regateo y amenaza. La vida humana, reducida a mera mercancía, se negocia con frialdad calculadora. Cautivos de todas las edades y condiciones son exhibidos como objetos, sus miradas vacías reflejan el robo de su libertad y dignidad.

Rodrigo, con el corazón apretado ante tal escenario, avanza cautelosamente, su disfraz sarraceno sirviéndole de escudo contra las miradas inquisitivas. Su presencia pasa desapercibida entre los mercaderes de vidas y los espectadores, todos demasiado absortos en sus propios intereses para notar al extraño entre ellos. Sin embargo, sus ojos no pueden evitar capturar cada detalle de la tragedia que se despliega ante él: el intercambio de cadenas, el llanto sofocado de los niños, la resignación impotente de los adultos.

El corazón de Rodrigo palpita y parece que quiere brotar de su pecho hacia afuera, su respiración esta entrecortada, y su frente se perla de un sudor frío e insustancial. La razón se le nubla por la ira, el odio y el miedo.

La plaza de Zaragoza, antaño corazón vibrante de la ciudad, se ha convertido en el escenario de un drama humano, donde la esperanza parece haber sido extinguida bajo el peso de la codicia y la crueldad. Rodrigo, movido por un propósito que trasciende su propia supervivencia. En este laberinto de sombras y fuego, Rodrigo se enfrenta a sus peores temores, cuando tras un laberintico paseo de callejas y puestos estrechos, encuentra a las niñas… muertas y semidesnudas… tiradas como basura, frente a la puerta de un mercader que con los pantalones bajados se orina sobre ellas, mientras termina de aspirar una colilla medio gastada.

Rodrigo se paraliza durante un segundo. La emoción le puede; loco de rabia, y con los ojos entre lágrimas, saca su subfusil y sin mediar palabra, dispara y vuela la cabeza del hombre, que inmediatamente cae al suelo con el cráneo reventado, sobre su propia orina, ahora sanguinolenta.

Pronto, el ambiente se carga con el sonido de las sirenas y los gritos estridentes de los muyahidines en diferentes dialectos árabes, creando una sinfonía caótica que resuena con el tronar de los latidos de Rodrigo y su respiración entrecortada.

Súbitamente y tras una carrera desesperada, el soldado se encuentra en un laberinto de desesperación, un escenario plagado de dolor y enemigos acechando en cada sombra. En cuestión de breves instantes, se ve cercado, con innumerables cañones dirigidos hacia él, convirtiendo el aire en un denso manto de tensión y peligro inminente. La posibilidad de escapar se desvanece, encerrándolo en un destino del que parece no haber salida.

Ante la inminencia de su final, Rodrigo esboza una sonrisa, un gesto de desafío y resignación ante lo inevitable. Cierra los ojos, buscando en la oscuridad de su mente la imagen de su mujer y sus hijas, aquellos rostros amados que han sido su faro en medio de la tormenta. En ese momento de introspección, trata de aferrarse a sus recuerdos, a la calidez de los momentos compartidos, buscando en ellos la fortaleza para enfrentar lo que viene.

No hay tiempo para más. El reloj de su destino ha marcado su última hora, pero Rodrigo está decidido a no partir solo. En su corazón, resuena la certeza de que, aunque su final sea inminente, su espíritu luchará hasta el último aliento, dejando una marca apocalíptica de justicia divina en aquellos que lo rodean. Con la determinación de quien sabe que su causa es justa, se prepara para enfrentar el desenlace, armado con la única certeza de que, en el momento final, su valor y su sacrificio no serán en vano y entonces cuando los primeros fusiles rugían con el fuego de la ira y las primeras balas se encontraban a escasas décimas de segundo de alcanzarle, el soldado activó su cinturón explosivo…

 

 

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