Gnosis: la guerra oculta y la tercera vía en el Continuus Nexus

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No todas las guerras dejan ruinas visibles.
Las más decisivas no se recuerdan porque no conviene recordarlas.

Desde sus primeras obras hasta la arquitectura actual de La guerra de los mil tronos, el Continuus Nexus no ha sido concebido como una saga en sentido convencional, sino como un dispositivo narrativo de largo aliento. Ciencia ficción y fantasía oscura no funcionan aquí como géneros, sino como lenguajes de camuflaje. Bajo ellos se despliega una reflexión sostenida —incómoda, no consoladora— sobre la condición humana, la conciencia y su encierro en un orden que no controla.

Lo que se narra, en último término, no es una sucesión de conflictos históricos, sino una guerra ontológica: una lucha por la forma misma de existir dentro del mundo.

La prisión que no se percibe

El Eternum no es solo un escenario cósmico. Es una condición estructural.
Un sistema cerrado donde la materia, el tiempo y la conciencia se repliegan una y otra vez sobre sí mismos, generando ciclos de repetición que la humanidad interpreta como historia, progreso o destino.

La mayor eficacia de esta prisión no reside en la fuerza, sino en su invisibilidad. Quien nace dentro del Eternum aprende pronto a amar sus muros, a justificar sus ciclos y a encontrar sentido en aquello que, en otro contexto, resultaría intolerable.

El Continuus Nexus no presenta este encierro como una tesis explícita. Lo muestra a través de imperios que prometen orden, religiones que prometen redención y sistemas que convierten la repetición en virtud. Ninguno de ellos es caricaturesco. Todos son funcionales. Y precisamente por eso resultan peligrosos.

La primera vía: el amor como administración

La vía más extendida en la historia humana es la vía del amor, de la salvación y de la disolución del yo. Atraviesa las grandes religiones históricas —desde el budismo devocional hasta las tradiciones abrahámicas— y se caracteriza por una estructura común: el mundo es sufrimiento, el individuo es insuficiente y la liberación llega mediante la entrega a un principio superior.

Desde una perspectiva ética, esta vía puede resultar irreprochable.
Desde una perspectiva ontológica, es administrativa.

No rompe el ciclo: lo reinterpreta.
No cuestiona la prisión: la sacraliza.

Al convertir el sufrimiento en prueba y la repetición en aprendizaje, esta vía neutraliza la posibilidad de ruptura. Ofrece sentido a cambio de obediencia y esperanza a cambio de permanencia. Por eso ha sido históricamente compatible con Estados, imperios y sistemas de poder: no amenaza la continuidad, la legitima.

En el Continuus Nexus, esta vía aparece siempre ligada a órdenes, cultos y estructuras que prometen estabilidad. No como error, sino como función.

La segunda vía: la gnosis y la ruptura

Frente a esa lógica surge la gnosis. No como religión, sino como rebelión del espíritu.
La gnosis afirma algo insoportable para cualquier orden establecido: que el mundo no es un hogar defectuoso, sino una arquitectura viciada desde su origen.

Desde los textos antiguos hasta los manuscritos de Nag Hammadi, desde las herejías medievales hasta las corrientes más radicales del pensamiento moderno, la gnosis ha sido perseguida de forma sistemática. No por errores doctrinales, sino porque niega el contrato invisible que ata al individuo al mundo, a la ley y al relato.

El gnóstico no busca mejorar el mundo ni redimirlo. Busca despertar de él.

Sin embargo, la gnosis pura conlleva un riesgo: al negar el mundo de forma absoluta, puede generar una identidad extrema, definida por la ruptura misma. El rechazo total de la materia puede convertirse en otra forma de apego, más austera, pero igualmente limitante.

El Continuus Nexus no idealiza esta vía. La muestra como necesaria, pero incompleta. Como verdad peligrosa llevada hasta el límite de su propia autodestrucción.

La tercera vía: no-identificación

Entre la vía del amor que santifica el mundo y la gnosis que lo niega, existe un camino raramente formulado y casi nunca enseñado: la tercera vía.

No promete redención.
No promete salida.
No promete despertar.

La tercera vía no consiste en amar el mundo ni en huir de él, sino en habitarlo sin pertenecerle. No combate la identidad de forma violenta, ni la celebra. La deja caer.

Esta vía aparece de forma fragmentaria en el neoplatonismo tardío, en el estoicismo más severo —el de Marco Aurelio, no el de manual— y en la vía apofática, donde toda afirmación sobre la verdad es considerada una traición. No fue perseguida con violencia abierta porque no generaba movimientos. Fue silenciada porque no podía ser utilizada.

En el Continuus Nexus, esta tercera vía constituye el eje soterrado de todo el proyecto. No se presenta como doctrina explícita, sino como estructura narrativa: la ausencia de héroes luminosos, la ambigüedad de toda victoria, la erosión constante de cualquier promesa final.

La reencarnación, simbolizada en los Salones Comunales del Hacedor, no es castigo ni premio. Es consecuencia. Mientras exista identificación, hay retorno. Mientras alguien se nombre a sí mismo, el ciclo continúa.

Exoditas, linaje y fracaso

El mito de los Exoditas Primigenios no representa una huida gloriosa ni una salvación colectiva. Representa un estado límite: el de quienes dejaron de pertenecer incluso a su propia historia. No fundaron órdenes ni regresaron como guías. Desaparecieron del relato.

De ese estado desciende Mayra.
Y de ella, el linaje de Nimrod.

No como dinastía elegida, sino como experimento ontológico prolongado, condenado a repetirse sin garantías de éxito. La lenta ascensión de la humanidad, en el Continuus Nexus, no es hacia la luz ni hacia la victoria, sino hacia el desapego. Y ese proceso es trágico, incompleto y siempre reversible.

El texto como umbral

El Continuus Nexus no enseña estas ideas de forma directa. Las codifica.
No predica.
No consuela.

Como ciertas obras de la tradición gnóstica moderna, no está escrito para ser comprendido en una sola lectura, ni para ser consumido como entretenimiento. Funciona como un umbral: quien no esté preparado verá solo ficción; quien persevere empezará a percibir grietas; quien esté despierto reconocerá símbolos que no necesitan explicación.

El vídeo “Gnosis: la guerra oculta” no es una explicación definitiva de este marco. Es una introducción severa. Una advertencia. Un gesto inicial hacia un conocimiento que no se entrega, sino que se reconoce.

Porque escapar —si aún puede usarse esa palabra— no es un acto heroico ni colectivo.
Es terrible.
Es solitario.
Y no ofrece garantías.

Por eso estas historias no llaman a todos.
Y nunca lo harán.

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