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Escribo estas líneas terminando el año 2025, un año dificil para mí, pero a la vez fascinante en muchos aspectos. Buceo en mis recuerdos, ante la publicación de La Batalla de Ilipa, y trato de dar contexto sobre mis novelas ambientadas en la antigua Hispania Romana.
Estas novelas no nacieron de un encargo editorial ni de una moda pasajera. Nacieron de una vida, de un tiempo concreto, de lugares que aún hoy me acompañan como cicatrices nobles. Roma e Hispania no son para mí un decorado literario: son una herencia, un pulso antiguo que sigue latiendo bajo nuestros pies.
A lo largo de los años he publicado cuatro novelas ambientadas en la Hispania romana. Cuatro libros que, aunque pueden leerse de manera independiente, forman un cuerpo coherente, casi orgánico, dentro de Sangre, sudor y hierro. Todas ellas comparten una misma intención: devolver la voz a una tierra que fue frontera, campo de batalla y crisol de pueblos; una Hispania donde Roma no fue solo dominadora, sino también transformada.
El origen: la espada que despertó a Netón
La espada de Netón y Indomitus ocupan un lugar especial, no solo por ser la primera y la segunda entrega de Sangre, sudor y hierro, sino porque son, en realidad, la revisión profunda y definitiva de mi ópera prima: La espada celtíbera. Aquel primer texto fue escrito en 1998, cuando aún era militar en activo, joven, con más fuego que técnica, pero ya con una obsesión clara: contar la conquista de Hispania desde dentro, sin maniqueísmos, sin leyendas edulcoradas.
Por entonces, como militar en activo de la Acorazada Brunete I, estaba destinado en Mérida, la antigua Emerita Augusta. Vivía en una pequeña casa alquilada, humilde, situada junto al anfiteatro y a escasos pasos del Museo Nacional de Arte Romano. Durante dos años respiré Roma a diario. No como turista, sino como habitante. Caminaba por calles donde cada piedra tenía memoria; entrenaba sabiendo que, bajo el suelo, dormían legiones, senadores, esclavos y dioses olvidados.
En aquellos años apareció, además, una domus suburbana de carácter aristocrático vinculada al antiguo cuartel Hernán Cortés, sede histórica del Regimiento de Artillería de Campaña nº 66, dentro de la estructura de la División Acorazada Brunete. Aquello fue decisivo. No era teoría ni museo: era la constatación física de que Roma seguía allí, esperando ser escuchada.
La espada de Netón nace de ese contacto directo con el mundo romano y con el mundo indígena. Netón, dios guerrero de los celtíberos, no es un símbolo literario: es la representación de una resistencia espiritual que Roma jamás logró extinguir del todo. En sus páginas quise mostrar la dureza del choque entre dos formas de entender la vida, el honor y la muerte. No hay héroes impolutos. Hay hombres arrastrados por la historia.
Indomitus continúa ese camino. Es una novela más madura, más oscura, donde Roma ya no es solo el invasor, sino el sistema implacable que aplasta incluso a quienes lo sirven con lealtad. La frontera se vuelve interior. El verdadero combate no siempre se libra con espada, sino en la conciencia.
Numancia: el fuego que no se apaga
Años después llegó Arde Numancia. No fue una decisión casual. Tras visitar en repetidas ocasiones Soria y recorrer los restos del cerco, comprendí que Numancia no es un episodio histórico: es un símbolo eterno. El sacrificio consciente de un pueblo que prefirió desaparecer antes que vivir sometido.
Numancia me exigió respeto. No podía escribirla como un simple relato bélico. Era necesario entender la mentalidad de aquellos hombres y mujeres, su concepción del honor, su vínculo con la tierra. Roma, en esta novela, aparece en su versión más despiadada: la del asedio prolongado, la del cálculo frío, la del exterminio como advertencia.
Arde Numancia es, quizá, la novela más dura que he escrito sobre Hispania. No hay gloria en sus páginas. Hay tragedia. Pero también hay grandeza. Porque Numancia perdió la guerra, sí, pero ganó la inmortalidad.
Fe, arena y sangre: el circo y la cruz
El soldado y el ladrón ocupa un lugar distinto dentro de este ciclo. No por alejarse de Roma, sino por profundizar en su corazón más cruel y, paradójicamente, más humano. La historia de Jesús contada por mártires cristianos en el Circo Máximo no es un artificio narrativo: es un acto de fe.
Esta novela nace como tributo a mi fe cristiana y a la Pasión del Señor. Quise narrar el nacimiento del cristianismo no desde los evangelios, sino desde la arena manchada de sangre, desde la mirada de quienes murieron cantando salmos mientras Roma rugía. El contraste entre la maquinaria imperial y la fragilidad de aquellos hombres y mujeres es, para mí, uno de los momentos más sobrecogedores de la historia humana.
Roma aparece aquí desnuda. Sin laureles ni mármoles. Solo hierro, miedo y multitud.
Ilipa: la batalla olvidada que decidió Occidente
Y hoy, finalmente, llega La batalla de Ilipa. Con esta novela cierro, de algún modo, un largo recorrido personal y literario. Ilipa fue la mayor batalla librada en suelo hispano entre romanos y cartagineses. Un enfrentamiento decisivo por el control del Mediterráneo occidental. Y, sin embargo, permanece en gran medida desconocido para el gran público.
Ilipa no es solo Escipión contra Asdrúbal. Es el momento en que Hispania deja de ser un tablero secundario y se convierte en el eje del mundo antiguo. Es la batalla donde Roma aprende a vencer con inteligencia estratégica, donde Cartago pierde definitivamente su sueño imperial, y donde los pueblos hispanos comprenden que su destino quedará ligado a Roma durante siglos.
Narrar Ilipa era una obligación moral. Porque lo que no se cuenta, se pierde. Y porque Hispania fue protagonista, no espectadora, de la historia universal.
4 Novelas, una misma historia
Estas cuatro novelas son, en realidad, una sola obra fragmentada por el tiempo. Son mi manera de rendir homenaje a una Hispania dura, orgullosa, trágica y luminosa. A una Roma que fue civilización y verdugo. A hombres y mujeres que no sabían que estaban haciendo historia, pero la hicieron con su sangre.
Escribo desde el respeto al pasado, desde una visión tradicional que no reniega de lo que fuimos. Porque solo quien conoce su historia puede caminar erguido hacia el futuro.
Roma cayó. Hispania permaneció. Y su eco, aún hoy, sigue llamándonos.